(Atención, antes de leer esta entrada lee la anterior: 'La rubia')
Pues entramos en su casa. Efectivamente era un piso pequeño y viejo pero bastante agradable. Ella dejó su bolso encima de un mueble que tenía en la entrada. Yo hice lo mismo. “¿Quieres tomar algo?”, me preguntó. Yo le dije que no, que no me apetecía nada. A ella se le notaba nerviosa e incómoda, como a punto de arrepentirse. Tenía que evitarlo.
La sujeté de la cintura y la besé. Ella se dejó llevar en el beso como si se le fuera la vida en ello, emitiendo pequeños gemidos, señal de que le estaba gustando. Mis manos se avalanzaron rápidamente a su culo y a sus tetas (no, lo de los preliminares no va conmigo). A ella se la notaba muy caliente y yo, bueno, os podéis imaginar cómo estaba.
Detrás de ella había una cómoda pegada a la pared. La agarré del culo y la senté en ella. Me resultó fácil porque ella era pequeñita y, bueno, porque tenía esas fuerzas inusitadas de cuando estás tremendamente cachonda. Llevaba puesta una camiseta de cuello grande, así que agarré la camiseta por arriba atrapando también las tiras del sujetador y tiré hacia abajo dejando las mangas constreñidas en los brazos y sus tetas al aire. Ella estaba sorprendida por mi poca delicadeza. A lo mejor pensaba que por ser una mujer todo iría más lento, con más cariño, con más cuidado, pero yo era y soy una bruta. Y cuando la chica me atrae tantísimo como lo hacía ella, más bruta todavía.
La seguí besando, entregándole mi lengua, apresando la suya. Cuando me separaba, ella me pedía más boca. Les pasa a todas las 'heteros'. Lo que más les gusta de una mujer son los besos, son más suaves, más sensuales. Es como si de pronto les dieses a probar una droga de la que se enganchan inmediatamente.
A duras penas me soltaba de su boca para poder comer su cuello y sus orejas. Era entonces cuando ella dejaba de reprimirse y emitía sonoros gemidos. Aunque llevaba ya tiempo con las tetas al aire yo no las había tocado, ni con las manos ni con la boca. Ella arqueaba la espalda para rozarlas con las mías, quería que las probara, pero yo quería hacerla sufrir. Eso me encanta.
Le quité los vaqueros como pude dejándola con las bragas puestas. No me pude reprimir y toqué por un momento su coño con mi mano. Quería comprobar lo mojada que estaba. Me sonreí al notar que estaba muy empapada. Ya no pude resistirme más y le comí las tetas con ansia. Le mordí los pezones, recorría con mi lengua su canalillo para pararme de nuevo en su boca. Ella intentaba quitarme mi camisa pero yo no la dejaba. Quería follarla con la ropa puesta, luego ya veríamos lo que la dejaba hacer conmigo.
Le quité las bragas y sin darle tiempo ni a respirar la penetré con los dedos. Tenía muchas ganas de comerle el coño pero tenía aún más ganas de follármela de una vez. Habían sido muchos años de atracción.
Ella abría las piernas y se abrazó conmigo, clavando sus dedos en mi espalda. El mueble, que no estaba muy estable, golpeaba constantemente la pared y crujía. Ella gritaba y gemía, me miraba a los ojos de vez en cuando con cara de “¿Qué coño me estás haciendo que me encanta?.
Me sorprendió cuando al poco tiempo de estar penetrándola me avisó para decirme que se iba a correr. En vez de parar (como en otras veces me gusta hacer) se lo hice con más intensidad. Aunque el polvo iba a ser corto quería que fuera lo más intenso posible. Gritó y me agarró con mucha fuerza mientras temblaba. El orgasmo duró como 10 segundos y después empezó a gemir mientras su vagina palpitaba y le daban pequeños espasmos. Yo intentaba recobrar el aliento con mis dedos todavía dentro de su coño. La miré y nos besamos. Entonces saqué mis dedos mojados de ella y los puse entre nuestras bocas. Los chupé mirándola a los ojos y saboreando su interior. Luego se los ofrecí y también los chupó sin dudar. Volvimos a besarnos, relajó sus piernas, recobramos las dos un poco de aire y nos reímos. Entonces ella me dijo algo que se me quedó grabado para el resto de mis relaciones sexuales: “Follas como un tío”.
Estuvimos toda la noche. Hasta las 7 de la mañana, fue entonces cuando la convencí para que me dejara dormir aunque fueran dos horas (tenía que entrar al día siguiente a trabajar a las diez). Como yo tenía pareja por aquel entonces (sí, siempre estoy emparejada) no volvimos a vernos hasta mucho tiempo después y luego nos vimos una vez más. Después nos perdimos de vista.
Hace un par de semanas mi madre me dio un sobre en el que ponía solo mi nombre. Nada más verlo sabía que era un sobre de boda. Al abrirlo comprobé que había acertado con mi sospecha y vi el nombre de 'la rubia' junto al nombre de un tío al que no conocía. Se casa dentro de un mes. Mi madre me dijo: “Tienes que hacer todo lo posible por ir. Ella te tiene mucho cariño”. Y yo pensé: cariño no es la palabra.
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